Friday, January 22, 2016

“The air of heaven is that which blows between a horse’s ears.” – Proverbio Arabe

“El viento celestial es aquel que sopla por entre las orejas del caballo”...y sobre la cara del jinete al galope, agregaría yo. Desde mi más tierna infancia mis recuerdos están asociados a este bello y noble animal, primero aprendiendo a montar en el pony tordillo en el botalón de las pesebreras de San Francisco, la finca de mi bisabuela Amalia Hurtado de Sinisterra en Fontibón, arreado por tío Cacao (Carlos Sinisterra) y tía Blanca, bajo la mirada preocupada de mi mama. Luego montando a La Malvina, esa mansa yegua que se me acercaba para que le pusiera las riendas a la puerta del paddock. Con el tiempo montando con los primos de mi mama, especialmente con Clarita en su yegua La Costeña, en la Balalaika, El Bayo, El Ariete, La Monjita, La Maestra, La Colombina y ocasionalmente en El Alazán y El Negro, los caballos de paso destinados a Eusebio Gaitán, el mayordomo. Simultáneamente, los sábados religiosamente “dábamos vuelta” con mi abuelo Luis Soto a Cortes, Argel y San Marino donde yo montaba al resabiado Boliche, a la imparable Canela, a las paseras chucuanas La Damita y La Pepita. A La Africana, y ocasionalmente a la yegua de Rafael Carvajal, La Chinita, madre de Lancelot, el caballo que montaba Don Luis. Si a eso le adicionamos las montadas en Guensuca la finca de mis primos hermanos dobles, inicialmente en La Mensajera pero después en la Sayonara, la yegua preferida de tío Ricardo, El Rayito de Ricardo, El Relámpago de Jorge, La Sultana, todos hijos de El Coronel, el bayo que habían comprado a la Remonta del Ejercito, comprenderá el lector que mi infancia fue “de a caballo”. Mi primera yegua me la regalaron de Primera Comunión, La Piragua que galopaba de lado pero era mi gran orgullo. Se la compraron a un orejón sabanero de Facatativa que ocasionalmente ofrecía caballos a mi abuelo en Cortes siguiendo la tradición gitana tan bien descrita en “El Moro”. La tuve en Cortes toda su vida donde concibió dos hijos Zagaro y El Berenjeno, ambos complicaditos como la mama. Tampoco hay que olvidar mi afición por el caballo de carreras y simboliza por sus características la velocidad que origina su comparación con el viento y el vértigo. Dicha afición fue culpa de dos personajes Julio Michelsen, mi amigo de infancia y compañero de colegio, y Ernesto Puyana, gran criador sabanero que me adopto para que lo acompañara a su finca La Chucua en mi adolescencia por mi memoria para los pedigrees de sus caballos. De ahí el salto obvio a asistir a los hipódromos no así a la crianza del caballo de carreras. El ingreso a esta malentendida industria de debió a mi matrimonio con Luisa, la nieta de Ernesto Puyana, a la muerte prematura de este y a las yeguas que en consecuencia heredamos. Desde entonces tenemos un Haras en 5 fanegadas en Soacha en predios donde, en vida del gran criador, se sostenían las yeguas de cría en 72 pesebreras de madera. Ahora me salen caballos hasta de las orejas… Todo lo anterior como preámbulo del sentimiento que desde siempre me acompaña como jinete cuando hoy en día cabalgo por los parajes del municipio de Guasca con mi gran amigo Alejandro Vélez, quien comparte con seguridad el sentido del refrán que antecede a esta publicación.

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